“No hay copa mala si el momento es bueno, ni momento bueno que no mejore con la copa adecuada”. Así, parafraseando aquella frase mítica que Augusto Ledesma suelta, con su ironía tan reconocible, en la serie y en el libro Memento Mori, quiero empezar este artículo.
Porque al final, como casi todo en la vida, el vino no va solo de técnica ni de postureo, que ahora parece que hay mucho, sino de saber estar, de saber elegir y, sobre todo, de entender que cada cosa tiene su instante.
Hablar de copas es hablar de momentos. Y yo lo tengo claro, no todas las situaciones son iguales, y por eso no todas las copas deberían serlo. ¿Verdad? Seguro que entiendes que no es lo mismo tomar una copa con los amigos de toda la vida que salir a tomar una copa con los jefes. ¿Verdad?
A lo largo del tiempo he aprendido que cuidar los pequeños detalles marca una diferencia enorme. Insisto, no es lo mismo una copa improvisada un martes cualquiera que una copa pensada para una conversación larga, una celebración o un silencio compartido. El vino acompaña, pero la copa dirige la experiencia.
Siempre digo que no hay que complicarse la vida, pero tampoco descuidarla. Elegir la copa adecuada no es un capricho, es una forma de respeto: al vino, al momento y a las personas con las que lo compartes. Hay días que piden algo sencillo, casi funcional, y otros que reclaman pausa, atención y una copa que esté a la altura.
Por eso me gusta pensar que hay una copa para cada momento. Copas más pequeñas y resistentes para encuentros informales, copas específicas para ocasiones especiales, copas que no te obligan a pensar demasiado y otras que te invitan a hacerlo todo un poco más despacio. Y, entre todas ellas, hay una que se ha convertido en mi favorita, en esa copa a la que siempre vuelvo cuando quiero acertar sin complicaciones.
Mi favorita
Mi copa preferida es una copa para vino que lo tiene todo para adaptarse a casi cualquier situación: el modelo Doña Perfecta 7GB de la marca Giona. En este caso destaca por dos grandes virtudes que para mí son fundamentales, es apropiada para la degustación de todo tipo de vinos y favorece la apreciación de las características organolépticas, tanto de vinos tranquilos como espumosos.
Esto último no es un detalle menor. No siempre sabes qué vino va a acabar en la mesa, y tener una copa versátil te da tranquilidad. La Doña Perfecta 7GB responde bien tanto a un tinto joven como a un blanco aromático o a un espumoso, y eso la convierte en una aliada perfecta para muchos momentos distintos.
Basándose en las recomendaciones de los expertos, esta copa cuenta con la anchura necesaria en el centro para liberar los aromas, y una forma más estrecha en la boca que ayuda a concentrarlos. Esa combinación es clave. El vino respira, se expresa, y al mismo tiempo no se dispersa.
Además, en los espumosos entra en juego otro detalle que marca la diferencia: el llamado “Efecto V”. Su forma acabada en punta, junto con las perforaciones láser en el fondo de la copa, garantiza una efervescencia correcta y continua. Las burbujas suben de manera elegante y constante, algo que no solo es visualmente atractivo, sino que también influye en la percepción del vino.
Otro aspecto que valoro mucho de la Doña Perfecta 7GB es la facilidad para controlar el vino servido. Parece un detalle menor, pero no lo es.
Esta copa permite obtener siete copas por cada botella de 750 ml, algo que agradeces tanto en casa como cuando compartes vino con más gente. Su ángulo está diseñado para controlar con precisión los 100 ml en cada servicio, logrando una presentación equilibrada y elegante. De verdad os digo que el vino sabe de una manera diferente.
Servir la cantidad correcta de vino no es solo una cuestión de rendimiento, sino de experiencia. Al no llenar en exceso la copa, dejamos el espacio necesario para facilitar la oxigenación. Ese espacio permite realizar los movimientos rotatorios que activan los componentes aromáticos del vino y hacen que sus aromas se expresen mejor. El vino se abre, se muestra, y tú lo disfrutas de otra manera, seguro que ya no será lo mismo.
Porque al final, como decía al principio sobre la serie de Pérez Gellida, hay un momento para cada copa y una copa para cada momento. Y cuando ambas cosas encajan, el vino deja de ser solo una bebida y se convierte en una experiencia.